Antes que nada, de Martín Caparrós
Antes que nada, quisiera aclarar que conozco a Martín Caparrós. No mucho, tan poco que ni siquiera sabía que su primer nombre no era Martín. Bueno, en realidad pocos lo saben. ¿Los que lo conocen mucho? ¿Qué significa conocer a alguien? ¿A partir de cuándo ocurre eso?
Bueno, leer “Antes que nada” de Martín Caparrós sin dudas es una manera de conocer un poco más a Martín Caparrós. O bastante más. O, al menos, lo que Martín Caparrós cuenta de sí. Se trata de un libro que nos enfrenta con el problema de toda autobiografía, confesión, memorias, testimonio, géneros diferentes pero parientes y cruzados, claro está, por la ficción. Siempre recuerdo las Reveries d'un promeneur solitaire que Rousseau escribió para contar como no se había confesado en el mamotreto de sus Confesiones.
La cuestión es que conocí a Martín Caparrós cuando fui primero reseñista de la Revista Babel, que él dirigía junto a Jorge Dorio. Pero recuerdo haberlo visto solo una vez en relación a esta actividad ya que yo interactuaba con su secretario de redacción, Guillermo Saavedra. Y luego estuve solo por un par de números a cargo de la sección “Actualidad” de la Revista, antes de partir para Brasil. O tal vez no fue allí. Tal vez fue en la “Universidad de los Aires”, cuando Horacio González lo había invitado a hablar en el subsuelo de la Facultad y yo en piyama me le senté al lado y simulaba que me quedaba dormido mientras él hablaba. Eso era, claro está, parte de una performance. No recuerdo que Martín la haya disfrutado, más bien sentí lo contrario. Yo conocía su voz desde “Sueños de una noche de Belgrano”, o sea que estaba acostumbrado a escucharlo por la radio en piyama. Si mi memoria no me falla esos hechos, lo de Babel y la Universidad de los Aires, ocurrieron ambos en el año 1989. Otro mundo. La última vez que lo ví (y no fueron muchas más) fue cuando nos encontramos de casualidad en un colectivo que ambos tomamos en 197 y Panamericana para ir a Tigre, creo que ambos veníamos de Rosario. No recuerdo de qué hablamos, nada muy importante, me parece que del kirchnerismo. No sabía que vivía en Tigre. Yo vivía en la isla. Cuando bajamos del colectivo lo acompañé caminando hasta su casa unas cuadras. Recuerdo el portón y que era fácil imaginar una gran casa detrás.
De esa casa, claro está, se habla en el libro. Libro de confesiones, o sea, de búsqueda de un idioma y, en este caso, el idioma de la noche incierta que se le acerca a Martín. Esa búsqueda atraviesa todo el libro y se vuelve desesperante al final. Es un libro que pareciera no acabar, que Martín pareciera no querer terminar ni, por momentos, editar. Así como cuando uno lee El zorro de arriba y el zorro de abajo de Arguedas siente la tensión entre el suicidio y la vida, en Antes que nada se siente en la escritura la tensión entre el querer seguir viviendo y la fatalidad que lo acecha. O, como en el Libro del Desasosiego de Pessoa, se trata de un intento de evitar la muerte real para aquel que en el libro se escribe. Mientras se pueda. Antes que nada, antes que llegue la nada.
El libro está dedicado a quienes lo quisieron, para que aprendan a olvidarlo. O sea, se presenta como un libro de enseñanzas del arte del olvido, aquel al que una vez refiriera Borges, para la gente que lo quiere. Y luego una cita en inglés, una llamada a no envejecer por no valer ello la pena.
A Martín parece que le queda poco tiempo, a mi madre también. Por eso decidí regalarle (se lo compré ayer) este libro a ella, que se la pasa hablando (como lo hacía ya mi abuela) de “esta puta vejez”. Mientras lo leía pensaba en que era un libro para regalar a gente que a uno lo quiere, como dedicara Martín. Y más aún si esa gente está en sus últimos años de vida.
“Yo soy el condenado”, dice, sin querer convertirse en lo que llama "el héroe de la época: la víctima". Cuando escribe que la verdad “es la enemiga, pura crueldad innecesaria”, aparece un Caparrós discepoleano, el creador de Rivarola, personaje de sus seis novelas sobre la década del 30, de lo mejor que se ha escrito sobre esa época en que se fraguó nuestra identidad. También recuerda entonces que el mundo sigue andando, que tantas veces no queda más remedio que adaptarse. ¿Es el Martín de “La Vuelta”? En tiempos de soledad, si subsiste una esperanza la misma estaría basada en la ignorancia, afirma, que no le es fácil. Porque Martín es voluntad de saber, no puede ser otro. Se vuelve entonces un “artesano aventajado de esperanzas falsas” que escribe para que lo terrible de la realidad no lo sea tanto gracias a las palabras. Y sostiene que “somos, en general, un desperdicio de memoria, una historia esperando su olvido.” Le duele todo lo que no sabrá y conocerá, y afirma que lo único que hace soportable la muerte es que nadie se salva.
Martín abunda en preguntas, su fe está puesta en “la pregunta permanente”, en la búsqueda y la derrota, porque “creer que ya sabés es la manera más penosa de no saber nada”, pero están todas las muertes que fallaron (no se puede ganar siempre, Martín). Entre esas preguntas está la de si es un buen escritor, Martín, que confiesa haber aceptado la censura china. Leyendo sobre su vida cuesta creerle cuando dice que las “Naciones Unidas no eran fáciles”, que tardó cinco años en darse cuenta de que no se ocuparían del hambre, y que siempre fue más o menos “pobre” (las comillas no me alcanzaron para contextualizar ese adjetivo, al menos a mí que soy de La Matanza).
Entre esas preguntas no pareciera ser de importancia menor en el libro aquella sobre su supuesta suficiencia y cómo vivir sin eso. No debe ser fácil para quien tomó varias veces el té con María Elena Walsh, vio de niño a Illia triste en la quinta presidencial y a Perón y López Rega en Puerta de Hierro (este último le sirvió incluso el café con leche), entró a ver todos los partidos de Roland Garros, fue una especie de sobrino de Chunchuna Villafañe en París, Félix Guattari le llevó dos docenas de medialunas y se emborrachó con Alfonsín (Por momentos hay un Martín que roza el cholulismo en el libro, el que nos cuenta las figuras de las que estuvo cerca). Se pregunta entonces "qué hacer cuando uno cree que sabe más", como él cree. A esa apariencia de suficiencia sin duda han contribuido con creces su voz (que puede a algunos sonar impostada) y su bigote adoptado para distinguirse. “Soy tan humilde, tan modesto, y por alguna razón que no termino de entender nadie se da cuenta”, “Sí, parece cierto que sé bastantes cosas —más que la media- pero eso no es una actitud, es un hecho”, nos cuenta mientras el bon vivant de Cuisine & Vins nos recuerda un pulover de cashmir comprado en Ulan Bator. “El problema es que me tengo bastante cariño y hasta me gusto: me gusta lo que hice conmigo y con mi vida”, insiste. “Y otras veces me descubro pensando que, con lo que me gusta ser yo, será una pena empezar a ser otro.” Sospechado siempre de egocentrismo (a pesar de nunca haberse analizado, sostiene), tal vez la frase más contundente del libro al respecto es aquella en la que dice: “Y me voy a extrañar, mucho, bastante. Hay tantas cosas que sí detesto perder, empezando por mí, terminando por mí”. Martín tiene la sensación de que la forma en que muchos lo ven no tiene nada que ver con la forma en que él se cree. Pero, bueno, estamos ante alguien que se define como “fastidioso por decisión y vocación y gusto” y que ve en muchos otros a “tarados” que no escuchan a gente como él y se arman "vidas sin gracia, ambiciones menores" y "un desinterés por cualquier cosa que no sea ellos mismos".
No están ausentes del libro las agudas reflexiones sobre la Argentina, claro. Martín transita los cambios del país y se atreve a definir como una tristeza los cinco millones de felices en la calle celebrando el último mundial. No le dan ganas de volver a un país que define como violento, quejoso, cobarde, pretencioso y reaccionario que “parece como nadie”, productor de personajes globales al ser los argentinos “grandes de la máscara”. Y es contundente con los datos de lo que hicimos con el país en los últimos cuarenta años, un país en el que vivir se ha vuelto una batalla, una sociedad sin proyecto en el que lo anormal nos parece normal. Desea no sin cierto rencor que los que votaron a Milei lo sufran y “que entiendan que esto de la democracia no puede ser igual que ir a la cancha y agitar los trapos y putear al contrario.” Sucede que los que votaron a Massa no parecieran pensar algo muy distinto de la democracia, Martín...
Sus relaciones, nos cuenta, estuvieron amenazadas por la literatura, porque leímos que la vida está en otra parte (“un escritor debería vivir lejos. No sé lejos de dónde, pero lejos”) y el mundo es ancho y ajeno (por nombrar dos títulos literarios que evoca), y por su idea de la libertad “que no es nada si no se va a perderla” y, como todo, por “el peso del azar en la vida”. Si bien para no estar donde uno está “lo mejor es un libro”, dice descubrir ahora que existe lo “demasiado real”, que el futuro es espantoso, y raro que la vida sea una solo pudiendo haber sido tantas, las que extraña.
El libro abunda también en reflexiones sobre la política, desprecia aquello en que se ha convertido y la incapacidad para ligar las cuestiones sociales con las económicas: “cuando el movimiento feminista deja de reclamar por la explotación que también afecta a los hombres y acepta en sus filas a las que la ejercen, algo se deshace”. Los movimientos identitarios son "la imaginación de una época sin imaginación", sostiene; "no pretenden reformular las estructuras de nuestras sociedades" sino que reivindican su derecho a integrarse en las mismas. La retórica pasó a ocupar el lugar de la política y "han conseguido convencernos de que solo importa todo eso que no importa", afirma. Caparrós es un rara avis: uno que fue peronista pero que se volvió cosmopolita. Y las reflexiones serán entonces también sobre ese mundo en donde algunos viven globalizados pero otros defienden su rincón conservadoramente con rencor de clase. "Si el futuro no es promesa es amenaza", nos dice Martín, de allí la desolación del mundo y la suya personal.
Nos cuenta también que le habría gustado trabajar en alguno de esos campos que producen avances en la ciencia (hubiera sido un polímata de esos que colecciono) y que pueden producir futuros, en lugar de dedicarse a “esta exhibición que es la literatura”, “esta nostalgia que es la literatura”.
Cuando reclama una historia sobre el papel de la enfermedad en la formación de los escritores, pensé en Camus. ¿Es este el libro más filosófico de Martín Caparrós? Sin dudas, al menos entre los que yo he leído. Como Martín, yo también “si algo hice en mi vida fue leer”. (Ahora me doy cuenta que empecé esta reseña como si Martín ya se hubiera muerto. Hubo momentos en que este libro se llamaba Ya pasó, nos cuenta, lo que me ayuda a entender esa actitud, la de él pero también la mía).
Gracias a la lectura del libro volví a escuchar a Keith Jarret y a Bill Evans, momentos cortazarianos de un libro de quien se la ha pasado en viajes pagos por todo el mundo, a quien le regalan los libros y lo invitan a comer. ¿Cómo no envidiar esa vida? “La envidia no es sana ni malsana”, afirma, “es el mayor homenaje, el más sincero, que se pueda hacer a algo o a alguien; es esa sensación de que uno sería tanto mejor si lo tuviera o si lo hubiera hecho.” A mí me hubiera gustado vivir así y escribir sus novelas sobre Echeverría y Sarmiento, la serie de seis sobre Rivarola...una vida buena y con sentido, como Camus combinando su compromiso con el sol y la playa (no así con el baile, que le es muy esquivo a Martín, acá él me puede envidiar a mí) y con la historia.
El último de mis pocos encuentros con Martín fue virtual: a través de un "me gusta" y un retweet que hizo de una nota que escribí sobre Milei a fines del 2023 (De Borges a Milei: la política como frivolidad peligrosa). Me sentí halagado, claro. Ojalá que estas líneas sobre su libro también le resulten de interés. Mi vieja, mientras tanto, muy dolorida y casi sin poder moverse ya, se lo está devorando. Dice que me ve a mí en el libro y se ve ella también, después de todo.
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